Ha dejado de soplar el viento
con tanta fuerza
que parecía una maldición.
También el cielo ha recogido
su oscuro manto de nubes
como angustiosas pesadillas.
Mientras duró la tormenta
nadie brincaba por las calles
anegadas y solitarias.
Las cristaleras empañadas
permitieron dibujar con el dedo
algunos corazones atravesados
con su flecha enamorada.
Las bombillas parpadearon
al paso de los ángeles custodios
por la estancia mortecina.
En las tabernas se recogieron
los compadres para rellenar
sus botellas medio vacías.
Quienes tenían el amor al lado
aprovecharon para sobarse
escondiendo las manos
o se sacudieron en el catre
alargando la coyunda un poco más.
No creo que a las iglesias
acudieran los parroquianos
implorando piedad,
ni que los alguaciles
salieran a distribuir
su particular inquisición.
Cada alcoba fue un refugio
para las almas asiduas
buscando a sus dueños.
Un espíritu sigiloso
fue borrando todas las huellas
olvidadas sobre las aceras.
Para nadie pasó desapercibido
el recreo de las musas
y su chaparrón de nostalgias.
Estas cosas pasan
cuando los dioses se distraen
y dejan de organizarnos la vida.