Este caminar azorado
por la empinada cuesta de la vida
se hace cada vez más pesado.
Casi ni puedo respirar,
según van pasando los días
sobre mis hombros cargando.
Por detrás voy sembrando
una retahíla de huellas frías
que mis pasos van dejando.
También se me van cayendo
algunos sueños medio secos
que ya no aguantan a mi lado.
Oigo como se instalan
en la vereda, mis pasos huecos.
Bebo del imposible amor
que llevo fresco en las alforjas
para aliviar mis tormentos.
Recito en versos mi dolor
y los escribo sobre las hojas
que me salen al encuentro.
Por más que lo intento
no consigo divisar el horizonte,
ni encontrar el mar
hacia donde van mis lágrimas.
Tampoco he visto
un solo letrero por el camino
indicando la encrucijada definitiva.
Pero por estos pasos huecos
que tanto me pesan,
tan cargado de silencios
y verdugos de mi conciencia,
sé que me vá sangrando la herida
resbalándose como un reguero,
dejándome a casa paso
mas cerca de estar muerto
de tan abierta como la tengo.
Así son las cosas al final de la vida.