Gotas de lágrimas dulces
chorrean por mis mejillas
cuando te miro entre las sábanas,
revuelta, libre y hermosa.
A veces me hacen cosquillas
y me escuece algunas otras,
pero nada tanto me conmueve
como la transparencia de tu piel
en brazos de la luminosa mañana,
cuando despabilas al nuevo día
y haces bailar tus dedos entre las manos
al compás de los bostezos por alegrías
que parecen tallos de rosas tempranas
adornando los jardines de mi alma.
Tu piel es como de hojitas tiernas
salpicada de lágrimas dulces
que se derraman de mis linternas,
es como el fresco beso del alba
que se cuela por la ventana
para despertarnos los sueños
y guardar la luna blanca.
La fortuna me ha regalado
la preciosa copa de tu labios
para beber en ellos el néctar
embriagador de mis lágrimas dulces
y la cornisa noble de tus pechos
para, desde allí, lanzarme al hueco
íntegro de mi perdido juicio
y poder secar las lágrimas amargas
huidas de mis ojos, sin derechos.
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