Se acabó, me marcho,
tomo mis trastos y cierro para siempre.
Cierro por ausencia total,
porque no queda nada
sobre los anaqueles,
ni siquiera algún rastro
de la memoria ni las miradas.
No dejo absolutamente nada,
salvo el polvo acumulado
sobre mi existencia.
Voy a tomar por última vez
el vetusto tren de ida
y borraré para siempre
todo vestigio de mis pasos.
Cierro por vacío absoluto,
por indolencia y a perpetuidad.
Cierro porque mis manos
ya no sujetan altares
ni anhelos, esperanzas o sueños,
que ni de ellos me queda algo.
Quiero clavar mi cabeza
en la yerma tierra de éste desierto
y arañarla en profundidad
hasta llegar al centro del infinito.
Me voy desesperado, por ausencia
de todos los sentimientos,
de todas las cosas,
de los besos, el tiempo,
los misterios, la grandeza y el miedo.
Marcho más allá de la distancia,
me escapo por el único hueco
descubierto entre los versos,
por las últimas sombras del horizonte,
bajo la neblina espesa
que me sale al encuentro.
Cierro por ausencia total,
medio vivo y medio muerto,
más cerca del abismo que del centro.
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