Martes, 20 de noviembre de 2007

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A mi padre,
que se fu? solo
a las marismas del cielo
y no me lo dijo antes.

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Cuando la melancol?a embargaba el esp?ritu de Sebasti?n, autom?ticamente le brotaba desde sus adentros la determinante e inefable llamada de la naturaleza, como ?nico remedio eficaz que paliaba de alguna manera el tremendo desgarro moral que sent?a.
Entonces, casi como un aut?mata, encaminaba sus pasos tr?mulos y cansinos hasta encontrarse con la sosegada profundidad del horizonte. S?lo all? consegu?a salvar la distancia que separaba el mundo real del on?rico que se hab?a construido a la medida, sustentado sobre los pilares del m?s puro romanticismo, recalcado de bohemia y grandemente estigmatizado por los hados de la pintura, aunque tambi?n sol?a versar en otras disciplinas art?sticas.

Era un rebelde pertinaz, intransigente con cualquier agravio por muy banal que ?ste fuese, gran adalid del honor y la nobleza. Pero sobre todo, Sebasti?n era un artista sin consuelo, un poeta que pintaba los sue?os con los colores del alma, esculp?a las miradas sobre la materia inerte a golpes de pasi?n y con la palabra describ?a sentimientos inmensos que albergaba en su coraz?n.
Su m?stica tambi?n era muy peculiar, muy reverente con las cosas divinas, trascendental con las humanas pero solamente consent?a someterse a las leyes que le dictaba su propia raz?n.
Sufr?a realmente y hasta el alma le dol?a, cuando se confrontaban ?stas dos verdades de su eterno dilema, porque era consciente de la existencia de ambas y ante tal vicisitud se ve?a obligado a decantarse indefectiblemente, tan s?lo por una de ellas. A?n resultaba peor cuando la dial?ctica no pod?a concluirla de forma determinante y, desesperado, deb?a abandonarse a la suerte del dispar destino.
No gustaba en absoluto dejar las cosas al azar, ni conjeturar y tampoco acertaba a comprender c?mo, a veces, las cosas resultaban tan dif?ciles cuando en un principio todo parec?a sencillo.
Hallaba gran consuelo cuando paseaba por los caminos que invariablemente le llevaban hasta los paisajes marisme?os del Odiel -su r?o del alma-, una imp?vida corriente verdosa de humanidades, sabrosamente salado como el beso de una sirena, donde pon?a en orden sus retru?canos y m?sica a los versos de la memoria. All?, sobre el escal?n m?nimo de las aguas ancestrales, recib?a embelesado las caricias del sol de poniente como un chaparr?n sabio de luces y contrastes. Se sent?a realmente feliz contemplando tanta belleza.

Sentado sobre las vetustas maderas del muelle de minerales pod?a sentir c?mo la magia de aquel lugar le calaba la piel y enjugaba sus l?grimas. Las sombras de las gaviotas que bailaban sobre las olas se le antojaban como notas magistrales de un pentagrama que compusiera D. Primitivo L?zaro para la sonata ?ltima de cada d?a. La brisa perpetua con su vaiv?n, dispon?a una escala de aromas sutiles y entra?ables para gozar hasta el delirio con aquel paisaje que Dios le regalaba.

Estando ya su esp?ritu sereno, pod?a buscar la fuente de donde nace todo y eliminar cualquier vestigio de maldad o ego?smo que mancillase la raz?n.
?l sab?a que si se preocupaba demasiado por descubrir lo que de bueno o malo ten?a el pr?jimo, se alejaba de su propia esencia; adem?s ?stas divagaciones le dejaban exhausto por la energ?a derrochada en juzgar a los dem?s. Consideraba la vida como una manifestaci?n de amor y en ?sas diatribas que manten?a consigo mismo, se erigi? como un implacable guerrero concentrado en promover la paz del esp?ritu y no el combate.
Sebasti?n estaba recibiendo de la vida una respuesta generosa.

No le iban del todo mal los asuntos sociales y financieros, ni los art?sticos donde gozaba de cierto prestigio y reputaci?n, siendo por ello que recib?a bastantes encargos, dot?ndole de un amplio margen de solvencia. Su experiencia en otros tantos aspectos de la vida le hab?a servido para situarse entre lo m?s granado de la sociedad donde, a rega?adientes, se desenvolv?a bastante bien y con grandes dosis de astucia sacaba muy buen provecho de la relaci?n, como contrapartida a tama?o esfuerzo que le costaba.
A?n siendo un poco cr?pula y farandulero, frecuente quebrantador de normas sociales disfrutaba del respeto y la admiraci?n de muchos, gracias a su locuacidad y simpat?a. Su esp?ritu de bohemio se conculcaba con el comportamiento aburguesado de su existencia y ello le pesaba como una monta?a. Aunque se rebelaba continuamente, siempre acababa sucumbiendo a las mieles del bienestar. En definitiva y a pesar de negarlo impunemente, ello era su verdadera obsesi?n puesto que jam?s logr? sobreponerse al nefasto recuerdo de las penurias soportadas en su ni?ez de postguerra y siempre aplicaba, como principio fundamental para sortear las precariedades, algunas premisas y consejos de su padre, a quien veneraba con admiraci?n, para mayor orgullo de ambos.
En realidad, a Sebasti?n le cautivaba la sabidur?a mundana de los viejos con quienes depart?a frecuentemente. Se quedaba embobado con sus relatos, empap?ndose de la historia real o inventada por cada cu?l, escrita sobre las fr?giles l?neas de la memoria y de sus heroicas cabalgadas por los surcos de la reseca piel.
Hab?a paladeado las delicias de la fama y sab?a de su ef?mera gloria. Siempre estuvo obsesionado por dejar huella en ?ste mundo y de alguna manera lo hab?a conseguido. A su vida y obra le hicieron eco los medios de comunicaci?n, a menudo los pliegos de la historia cotidiana recog?an sus avatares y a?n as?, sin motivo alguno para quejarse por infeliz, ?se inconformismo ancestral que llevaba grabado en los genes no le conced?a tregua alguna y su doliente mordedura le marcaba implacable la cadencia de los sentimientos.

A pesar de las multitudes, se sent?a s?lo y necesitaba, imperiosamente, alguien a quien amar, una mujer que mereciera su total confianza, un coraz?n gemelo donde esconder los miedos y que la vida entera tuviese sentido.
Su almohada sab?a bastante de la lucha que libraba interiormente, con desigual resultado, para poder sobrevivir a la contienda. Sebasti?n ten?a muy claro que todo en la vida es cuesti?n de la actitud que tenemos ante las cosas y no de las propias cosas en s? mismas.

Siempre se tiene la posibilidad de descubrir el origen de un problema o escoger en aumentarlo de tal manera que se termina sin saber donde comenz?, cu?l era su dimensi?n, c?mo puede afectarnos en la existencia y c?mo es capaz de alejarnos de las personas que antes se amaba.

Se sent?a como el Ulises en su odisea; superando desaf?os para regresar al hogar junto a su esposa, la bella Pen?lope, quien siendo cortejada d?a y noche por hombres que afirmaban haberle visto morir en combate durante la guerra de Troya, los despechaba contundentemente, aferr?ndose a la esperanza de verle llegar por los puertos de ?taca; mientras el h?roe, enardecido por el inmenso amor que le profesaba, logra vencer todas las peripecias que le suceden hasta rendirse ?nicamente, maltrecho y feliz, en el regazo enamorado de su fiel y leal compa?era.

Deseaba con vehemencia encontrar su particular Pen?lope. Necesitaba amarla inmensamente para continuar existiendo. No le bastaba un amor cotidiano, ni de costumbre, ni un amor cualquiera. Su amor ya no le cab?a en el coraz?n, ten?a que amarla como un loco hasta embotarse los sentidos con su presencia, embriagarse todas las horas con su lor.
Necesitaba amarla como un padre, un amante y un dios; am?ndola toda con todo. Ya no se podr?a amar a una persona m?s que como Sebasti?n lo har?a.
-?Dios!... ?cu?ndo vendr? ella?- se preguntaba-?Cu?ntas horas malditas, esperando casi sin vida los besos de mi amada? ?D?nde est?s, mujer, que me estoy muriendo de tu ausencia?- y alzando las manos al cielo, cerradas como un f?retro que no quiere dejar escapar su muerto, rastreaba con la mirada por entre las nubes, como queriendo hallarla. Luego se dejaba nublar los ojos por un caudal de l?grimas amargas, hasta que se le ca?an los brazos inertes, casi descolgados de los hombros cansados y volv?a sobre sus pasos buscando la respuesta siempre callada.

No solamente la pasi?n le perturbaba, estaban aconteciendo muchas cosas en ?ste mundo que acrecentaban su dolor, sumado al de aquellos que sufr?an persecuci?n, los despreciados por su raza, religi?n o ideales; el dolor por la hambruna que machacaba a tanta gente, sus p?stulas y el hedor que le llegaba desde el hueco vac?o y dolorido de sus miradas en los retratos.
-Tanta humanidad sirviendo de carnaza para los peces, gente que han triturado con sus pisadas tantas monta?as hasta convertirlas en desierto y despu?s se han bebido el oc?ano de un solo golpe hasta reventarse por dentro como las brevas.
Tantos palos flotando por los mares que separan a los mundos clasificados por los hombres y su rencor, tanto rencor flotando por los aires, asfixi?ndonos y acabando con el mundo. Cuantos palos en el mar y en las espaldas, cuantos palos de soberbia y poder clav?ndose en nuestras entra?as como a vampiros de leyenda.
?Qu? razones o argumentos justifican a quienes revientan un avi?n contra la muchedumbre inocente? ?C?mo puede alguien atreverse a robarnos la muerte? ?Porqu? algunos pretenden silenciar el grito un?nime y desgarrado de los desterrados? ?Porqu? se mancilla impunemente la fe de los pueblos? ?Porqu? est?, la libertad cautiva de nuestra cobard?a? ?Hasta donde vamos a llegar? ?No sienten verg?enza quienes haciendo ostentaci?n de riquezas lanzan pr?dicas y soluciones para socorrer los males que nos acechan? ?...cu?nto lujo y cuanto enga?o nos luce en el alma, prendidos como jirones tr?gicos de una comedia!-.


Sebasti?n se sent?a como cada una de ?sas v?ctimas, pr?fugo de todas las dictaduras, v?ctima de la plaga desenfrenada que seca la carne, de la pedrada cruel que rompe los huesos inocentes de una mujer mil veces ultrajada. Se sab?a un esclavo de la econom?a de mercado y de la globalizaci?n rapi?osa que hace al rico m?s rico y al pobre m?s pobre.
Tanta rabia contenida lo sum?a en un profundo desconsuelo. Ya ni racionalizaba sus opiniones al respecto y agraviado como cualquier hijo al que le han maltratado la madre, lleg? a pensar que hab?a sido una facci?n terrorista de musulmanes los que saquearon la ermita moguere?a de Montemayor y robaron los prendas de la Virgen. La denominada guerra santa estaba a las puertas de casa.
-M?s destrozo le hicieron que robar unas humildes alhajas y aunque sufran tantas penurias y calamidades no tienen derecho a violar lo sagrado. Maldita sea la mano criminal que golpea la fe de unos hombres en nombre de su propia fe.-

Poco tiempo despu?s se felicitaba de que los hechos se?alasen a unos vulgares rateros desalmados como autores del sacr?lego robo, se logr? restituir en su totalidad los enseres sagrados y para descarga de su conciencia aunque para ello hubiera tenido que tragarse el repugnante sapo de los infundios.

-?Ser?n desdichados ?stos moros?...tener que soportar todos los agravios habidos y por haber, encima de las penurias que est?n sufriendo. Menos mal que no han sido ellos, o no s? que hubiera ocurrido con todos lo que se refugian por aqu?- as? pensaba, convencido de que corr?an malos tiempos para la humanidad y eso se manifestaba en la actitud de la gente: deambulando por la vida casi sin norte, acechantes, mirando su espalda y sin ver el rostro que refleja cada ma?ana el otro lado de su espejo.

En ?ste punto, record? Sebasti?n que hac?a bastante tiempo que no iba por la aldea del Roc?o y presentar sus respetos a la Se?ora de la Rocina, a quien profesaba una gran devoci?n.
Ten?a necesidad de reencontrarse con la Virgen Maria en bas?lica almonte?a pues bajo ?sta advocaci?n de la Virgen percib?a espiritual consuelo y singular esperanza, le significaba la m?xima expresi?n posible del amor, redentora de los mortales, paz de los perseguidos, amparo, puerto y refugio de los pecadores, fortaleza de f?.
Ante la Blanca Paloma se rend?an todas sus furias y bajo su mirada, se somet?a humildemente al examen de conciencia m?s sublime de su vida. All?, en el santuario, pod?a encontrar, casi sin esfuerzo, la huidiza respuesta a sus dudas m?s encastradas.

El silencio de aquel recinto sagrado transportaba su alma peregrina hacia el inmenso coto de los cielos, donde solamente los rocieros, ocupan la parte de las marismas que es donde se huele a juncia, hierbabuena y romero, como privilegiado incienso lit?rgico.
El armonioso ta?ido de las campanas del templo conmov?a a las golondrinas y las cig?e?as, que presurosas alzaban el vuelo para bailar graciosamente aquellas melod?as sobre el tapiz azulina del paisaje.

Fue, peregrinando a pi?, hasta el Roc?o siguiendo el camino de Moguer, extasi?ndose con las maravillas que la naturaleza le ofrec?a, tom?ndose toda la calma precisa para recorrerlo sin perder detalle alguno ni contaminar sus sentidos con ideas vanas. Cuando calzaba sus botas de caminante y se colgaba el petate procuraba limpiarse de angustias, liberarse de las cargas cotidianas que le turbaban. Echarse a los caminos significaba adentrarse en su otra realidad y como un anacoreta, pod?a eximirse de rendir cuentas a nadie de ?ste mundo porque las leyes que reg?an sus designios proced?an de otro entendimiento m?s excelente.
Los eucaliptos, pinos y olivos simulaban altas nervaduras de g?ticas b?vedas; las amapolas y los lirios silvestres decoraban, inundando con sus renovados colores, el luminoso verdor que cubr?a la ca?ada desde El Gato.
El suave murmullo de los helechos meci?ndose al comp?s de la brisa, serv?a de acompa?amiento a las pisadas que, sobre la fina arena del camino, Sebasti?n iba marcando. Ni siquiera el espont?neo trino de los jilgueros enamorados, revoloteando en tropel, pudo romper la armon?a del instante.
Eran muchos los momentos gozosos que le deparaba ?sa ruta. La hab?a recorrido, anteriormente, cientos de veces y cada vez que lo repet?a, m?s prendido quedaba de ella.


Despu?s de su visita a la ermita del Roc?o, se dispuso bajo la sombra de un acebuche hasta que la tarde levantara sobre el horizonte marisme?o su viol?ceo tis? y de nuevo se produjera el milagro de los sue?os complacidos. Tendido sobre la hierba, Sebasti?n observ? a una alondra que en el ?rbol anidaba y le musit?: -Cuando venga el alba, despi?rtame con tu silbo y aviva las brasas de mi candela con ramitas y le?os viejos, para quitarme el fr?o, que yo te har? unos versos para que se los cantes a la Virgen y despu?s los cuelgues en el cielo-.

Ya de regreso, trajo consigo la intenci?n de pintar un cuadro que recogiera ?sas impresiones del camino y queriendo cortar de su tallo un lirio blanco, record? ?sa vieja leyenda de los peregrinos rocieros que advierte del agravio por expolio que se inflige a la naturaleza priv?ndola de su esplendor y si en alguna ocasi?n muy justificada o por ignorancia se le arrancara la vida a un lirio silvestre, ?ste ser?a para entregarlo como ofrenda a la Reina de las Marismas.
Desistiendo pues de ello, prosigui? su camino, ya reconfortado por su m?stica aventura.
No pod?a ser de otra manera que, una vez llegase a Huelva, el sol se estuviera poniendo sobre las aguas de la r?a onubense. Sin poderlo remediar encamin? sus pasos hasta el Muelle de Riotinto donde, como tantas veces, hab?a henchido su esp?ritu contemplando el fulgor de la naturaleza en los atardeceres.

Advirti? entonces que una diminuta patera arribaba en la orilla de Bacuta, marcando tras de s? una sutil estela de espuma salada que bordaban los remos en su encuentro con las aguas. Una difuminada figura de mujer se incorpor? sobre ella bati?ndole su vestido la brisa del sur, que le pareci? entonces la vela animada de un gracioso bajel. Observ?, interesado, c?mo ech? pi? a tierra; con la destreza de los viejos boteros que cruzaban el r?o a golpe de remo, transportando a sus gentes entre orillas y trayendo la sal de la isla que supon?a el sustento para muchas familias.
Frunci? el entrecejo y aguzando la vista quiso convencerse de que se trataba de una mujer. El revuelo de su vestido y la densa melena que mec?a el aire, despejaron sus dudas.
Despu?s de anclar la patera, la muchacha se dirigi? hacia poniente, caminando despacio, con los brazos abiertos, volteando su cabeza al infinito, bebi?ndose, insolente, los ?ltimos rayos de sol que iluminaba la tarde y cuando hubo acabado, sobre un repecho de conchenas se gir? levemente hacia atr?s, dedicando una ?ltima mirada a su sombra.
- ?Me ha mirado?. He sentido su mirada en la m?a a pesar de la distancia... ?bah! No puede ser ?no es posible. Apenas se distinguen los rostros desde tan lejos. ?Las ganas me hacen delirar!. M?s me vale volver a la casa y que descansen mis huesos de tanto caminar. Ma?ana ser? otro d?a - se dijo Sebasti?n volviendo sobre sus pasos, a la par que repasaba las venturas recibidas y deshaciendo el v?rtigo de las emociones, se dispuso, como perro que ha perdido su hocico, a roer el hueso que nunca pudo, revolviendo los callejones miserables de la ciudad, buscando la mano amable que alimentase la vida de tan pat?tico esqueleto, procurando retomar las actitudes m?s adecuadas que le permitiera afrontar con meridiana dignidad ?sa ineludible y grave car?tula de su existencia.

Ocurri? una pl?cida noche de primavera que las musas revoloteaban a su albedr?o buscando un esp?ritu incontestable donde prender el h?lito maravilloso del amor y la belleza, cuando los sue?os de Sebasti?n comenzaron a proyectarse, rotundos, sobre la magnitud bald?a del lienzo que aguardaba inmutable, anclado en su caballete, el momento sublime del primer trazo para desterrar definitivamente la ausencia art?stica.
Sobre la irregular blancura de la tela se posaron nueve musas venerables que dominadas por la p?cara dulzura pusieron a remojar las barbas pintorescas del ego?smo y cabalgando en auxilio del arte sin montura fueron despleg?ndose los trazos innominados del color. Cuando el azul de Prusia abri? su ventana a la luz, se ti?eron de magia los cuatro v?rtices de la inspiraci?n cerrando el espacio con sus manos para evitar la fuga vergonzante de las almas del cuadro.
Tal?a, la del cabello de seda, inyect? un acopio de recetas magistrales para fundir las tierras. Erato, tendi? sobre el blanquecino lecho vertical un c?lido desnudo imposible, escapado del control de la neblina. Mientras tanto, Cl?o con su singular candor, Ters?core la amante perdurable y Urania la del consuelo perfecto, ablandaban los planetas de la almohada, contubernio de flores y grietas, ba?ando de armon?a el paisaje. Cal?ope, hermosa fragancia de la juventud, acicalaba la paleta de Sebasti?n con resinas de la India, ?leos griegos y cenizas de Pribilof. Hasta el trance bailaron las siluetas del encanto, bajo los acordes indescriptibles que emit?a la lira de Euterpes y las rimas sublimes de Melp?mene, la de los dulces labios. Polymnia subyugaba los intrusos de la materia blandiendo su sabidur?a hasta secar las venas de los enemigos y dejarles el mullido cerebro sembrado de rabos y cuernos.

Entonces, el artista tom? los pinceles y sobre una p?dica encinta de ojeras comenz? a desvelar, predilecto y fogoso su teorema de l?piz vehemente dando vida a un hermoso lirio blanco sobre terciopelo malva y verde. Con los pies alquilados de aceras se dispuso a destruir el mito silencioso de mentes cenicientas de calaveras. La cama insatisfecha de mil encantos, abri? la maleta vigorosa del color, profeta prematuro de la obra y en las bisagras nocturnas de espantos comenz? a burlarse con los goces del amor para desnudar al buitre del instante.
La ma?ana le sorprendi? en pleno fragor de su batalla con el arte pero hasta bien pasado mediod?a no se tom? un respiro. No pod?a apartarse de la obra, casi siempre le ocurr?a lo mismo. El influjo de la inspiraci?n le atenazaba imperturbable al metro cuadrado del conjunto. Cuando percibi? claramente los elementos que conformaban la idea, pudo relajarse un poco, comer algo y someterse al interrogatorio de la contemplaci?n, lo cu?l signific? una reclusi?n voluntaria de varios d?as. Lo importante ya estaba echo, ahora faltaban los retoques t?cnicos que dotar?an al cuadro de la suficiente calidad para poder venderlo a buen precio. Las obras de arte no s?lo alimentaban su esp?ritu sino tambi?n le llenaba la barriga.

Estaba satisfecho por c?mo marchaba su creaci?n y decidi? caminar hasta la r?a para relajarse un poco, aunque lo que realmente deseaba era desvelar el misterio de la muchacha de Bacuta. No se le iba del pensamiento.

As? caminando, not? cierto alboroto en la gente que formando corillos, debat?an con demasiado frenes? sus cuestiones. Unos marchaban adorn?ndose con grandes aspavientos, otros quedaban vociferando, algunos maldec?an tremendamente y a casi todos se les marcaba el trazo rudo de la indignaci?n en el rostro sofocado. Quien no resoplaba compungido, mascullaba sus blasfemias de la forma m?s escandalosa y soez que pod?a. Las serias amenazas que otros profer?an, espantaban hasta los fantasmas.
Cada vez estaba m?s convencido de la denigrante locura que se hab?a establecido entre los hombres y de que acabar?an devor?ndose entre s?. No le apetec?a nada, en absoluto, entrar en divagaciones sobre tanta mezquindad. Se sobrepuso y cambiando los esquemas, con aire falaz, aceler? sus pasos hasta que la brisa marisme?a espabil? sus sentidos y le ofreci? de nuevo el paisaje entra?able que nutr?a sus sentimientos m?s nobles.
Casi de ahogo muere, cuando vio acercarse por el r?o una barquilla que ven?a desde el horizonte y en ella, resplandeciente como el mism?simo sol, una figura de mujer que aleteaba graciosamente sus brazos al comp?s de los remos y que de vez en cuando volteaba para atr?s su cabellera como haci?ndole se?ales confabuladas para un m?gico encuentro.
Qued? hier?tico, observando como arribaba la patera, navegando lentamente, casi al pairo; cautivo de sus furtivas miradas y la belleza de su rostro.
Refulg?a su piel con un discreto brillo monocromo, salvo en las mejillas que adquir?a un sonrojo natural como de rosa temprana, siempre fresca y candorosa. Parec?a de seda tunecina, suave, fr?gil, casi transparente; como queriendo dejarse ver el interior. Su rostro era un ?valo perfecto y en ?l, la sonrisa, perenne y leve, dibujaba la l?nea exacta e infranqueable del amor m?s profundo e intenso, el l?mite concreto entre el suspiro y el beso, la cuna fragante donde reside la ternura. Los ojos se vislumbraban misteriosos tras las fin?simas hebras de sus pesta?as y se encend?an como los faroles del Conquero, cuando miraban a la cara.
Enmarcando tanta dignidad, se formaban sobre la hermosura de los ojos obscuros, talism?n de los poetas, dos arcos bip?talos, sutiles como una caricia maternal. Sobre su l?mpida frente, sin pliegue alguno, se arremolinaban ciertos bucles de su melena que pend?an airosos y juguetones como los querubines que guardan las puertas del cielo: eran de color moreno, casi negro y acaracolado; era como una mata de poleo en noche de luna llena, denso y perfumado de esencias marisme?as. Sus ondas le ca?an en cascada por los hombros, brincando una y otra vez. Ese juego de luces y vaivenes que desprend?a el movimiento de los cabellos le dej? absorto y no pudo eludir, en modo alguno, quedar prendido de tanta belleza.

Hab?a encontrado definitivamente a su amada. Estaba tan seguro que hasta su rostro le resultaba familiar. La reconoci? de inmediato porque moraba en su coraz?n desde siempre y ahora estaba all?, delante de ?l, tangible y hermosa. La materializaci?n de sus anhelos posibilitaba la fusi?n de ?sas dos realidades que confrontaban su existencia y traer?a, por fin, sosiego a su esp?ritu. Sinti? por primera vez en su vida el estremecimiento sutil de la felicidad, la caricia perfecta del amor cercano.
Ella le miraba complaciente mientras desembarcaba, tendiendo los brazos en reclamaci?n de los suyos; como si con aquellas miradas ya se hubieran dicho todo y nada pudiera interponerse entre los amantes, por tanto tiempo ignorados. Tom? sus fr?giles manos entre las suyas y as? quedaron, frente a frente con el aliento contenido, forjando en las llamas del amor inmenso un solo ser que hilvanaba entre las nubes un gran poema sin rima que amar?an hasta los locos.
-Pon amor, tus labios sobre los m?os y d?jate morir en mi beso. Tus dedos de cristal y sue?o, enr?dalos en mi pelo. Sent?monos amor, que a veces, sin pararse se tropiezan los besos en una loca carrera y al final, sin notarse siquiera, se nos pasa el tiempo sin mirarnos el alma. Pon, amor, tu beso en mi beso. Pon, amor, tu sonrisa sobre mis labios y que el horizonte nos abrigue la tibia madrugada-.

Ella, recib?a el estremecimiento de Sebasti?n dentro del suyo propio. Se dejaba amar, am?ndolo en silencio y vertiendo el vaso de sus l?grimas sobre la piel emocionada del artista, vagabundo de su sombra y de su suerte; enhebrando c?ntaros de fulgor un?nime, susurr?ndole lentamente entre reflejos a la deriva.
Solos se quedaron entre el cielo y las ropas, tan solos que ?nicamente se o?a el susurro de las olas. Era tan profundo el silencio que ni las gaviotas se atrev?an a romperlo; un silencio de miles de versos cantados con las miradas; un canto de amor en silencio m?s elocuente que las palabras.
Cuando los juncos de las marismas avisaron que el sol llegaba de nuevo a su horizonte, ella tom? dulcemente la cabeza de Sebasti?n entre sus manos y le dijo, emocionada que, en ?se instante, deb?a regresar a la otra orilla, sobresaltando su ?nimo hasta el punto del espasmo; pero ella, dejando resbalar suave y cari?osamente los dedos por el rostro impasible de su amante, le transmiti? una se?al de consuelo y esperanza tan vehemente que aviv? la corriente sangu?nea del imp?vido enamorado.
As?, la vi? alejarse nuevamente hasta desaparecer tras las dunas, s?lo que en esta ocasi?n, cuando ella le dedic? su ?ltima mirada, si que tenia motivo para responder a la despedida.
Alborozado, retorn? a su casa advirtiendo que la pintura inacabada se le ofrec?a seductoramente para concretar la fascinante creaci?n; entonces rubric? con sagacidad que sobre los p?talos de su lirio blanco deb?a pintar el bell?simo rostro de la enigm?tica mujer que hab?a logrado colmar sus ansias.
No conoc?a su nombre siquiera, ni sab?a nada de ella.
Tampoco le importaba lo m?s m?nimo, s?lo estaba seguro de que ya formaba parte de s? mismo, que era el eslab?n perdido de su existencia y nada ni nadie podr?a hacerle renunciar al amor, recientemente encontrado.
Con tanto af?n retom? los pinceles que ?sa noche transcurri? apaciblemente breve, inducido por una sublime inspiraci?n natural que le retaba infatigable a transportar sobre el lienzo sus sentimientos. Estoicamente fue trazando con pulso firme las pautas magistrales para conseguir su alumbramiento y hasta bien pasado el mediod?a no desisti? de su empe?o tras comprobar la autenticidad y congruencia de los resultados.
Como era habitual en ?l, gustaba de recomponer las ideas recre?ndose en la contemplaci?n de la obra, someti?ndola a un severo examen de calidad, cosa que har?a despu?s de caminar un poco hasta desentumecer los huesos.

Los grandes titulares period?sticos destacaban una noticia terrible que le paraliz? el coraz?n y la conciencia dej?ndole totalmente estupefacto. Tuvo que apoyarse en el dintel de una puerta an?nima para lograr no caer de bruces como un pelele. La imagen venerada de la Virgen del Roc?o con su Ni?o en el regazo hab?a desaparecido de su altar en el santuario y se investigaba sobre la hip?tesis de un robo perpetrado por alg?n grupo radical que amenazaba continuamente nuestra f? y su patrimonio.
Tanto dolor y rabia provocaba ?ste ultraje que nadie, ni siquiera los m?s agn?sticos, lograban contener la ira contra los grupos marginales que secundaban ?sa revoluci?n y las fuerzas del orden p?blico resultaban insuficientes para controlar las masas enardecidas que clamaban venganza contra los disidentes.
La barbarie sumi? al artista en una profunda catalepsia, impotente para sobreponerse ya que se hab?a atentado contra uno de los pilares m?s firmes de su conciencia. El sollozo desconsolado apenas le permit?a respirar y casi sin fuerzas volvi? hasta su refugio donde, tremendamente afligido, se desataron incontenibles todos los grandes sentimientos que se desprend?an de su vocaci?n m?stica.
Decidi? volver a las orillas imperturbables del r?o Odiel donde podr?a hallar la calma que necesitaba y recabar el consuelo de su amada dentro del regazo protector que le brindar?a su espl?ndida presencia. No olvid? llevarse la pintura inconclusa que le hab?a dedicado, justific?ndose porque una mayor depuraci?n t?cnica no lograr?a superar la calidad lograda con tanta verdad y celo como hab?a sido concebida; adem?s, no le quedaban fuerzas suficientes para hacerlo pues los acontecimientos hab?an roto el embrujo y la simbiosis art?stica.
-Sebasti?n, soy tu Maria. Vengo contigo porque el desgarro de tus lamentos y la turbaci?n de tu pena me han llegado desde el silencio, nuestro aliado m?s precioso, conmoviendo mi alma.
Quiero encender tu ?nimo con mi consuelo, para que su calor mezcle nuestra sangre enamorada con las caricias, en ?sta tarde de tu dolor y nos envuelva protectoramente hasta la puesta del sol. Entonces podr?s venir conmigo hasta la ma?ana de todos los tiempos y residir en la morada de mi amor infinito-
.

Ella le esperaba sobre el viejo embarcadero, resplandeciente como la luna llena en su noche m?s l?mpida y entreg?ndose al abrazo del amado, ambos permanecieron juntos muchas horas dici?ndose tantas cosas como estrellas tiene el firmamento. Cuando el sol inici? de nuevo su poniente, ella le tom? de la mano y embarcaron con rumbo hacia el horizonte dorado de las marismas. Mientras Sebasti?n bogaba aturdido y fascinado, Mar?a le regalaba torbellinos de su mirada m?s sugestiva, sosteniendo contra su regazo el cuadro del lirio blanco bordado con su rostro, talism?n perpetuo y testigo leg?timo del amor insuperable que ambos compart?an.
Muy lentamente se fueron adentrando en el infinito viol?ceo, hasta que las brumas del ?ltimo sol dejaran paso a las veladuras de la noche y los juncos iniciaran de nuevo la danza de los brillos al comp?s de la brisa marinera.

Sebasti?n se marchaba para siempre junto a su amada. Ahora, ninguna raz?n m?s poderosa que ella le vinculaba a sus ra?ces de siempre. Se marchaba para siempre, dejando, absolutamente todo lo concerniente a su vida, en manos del tiempo y del olvido para que ellos escriban las p?ginas elegidas de su vida. As? se fue Sebasti?n.
La ma?ana siguiente trajo una luminosidad especial y hasta los p?jaros parec?an anunciar algo extraordinario. Una sensaci?n de j?bilo flotaba en el ambiente de la ciudad, que se desperezaba bajo un murmullo indefinido pero bastante perceptible. La noticia de otro nuevo e inexplicable suceso volvi? a recorrer presurosa todas las avenidas, rincones y callejuelas:

Al amanecer de ?se d?a, cuando el santero de la ermita del Roc?o abri? sus puertas, como de costumbre hac?a cuando Ella estaba en su camar?n, percibi? un instant?neo fulgor, como un destello de luz brillant?sima que proced?a desde su espalda y que incluso se?al? su propia sombra sobre los baldosines del templo. Un escalofr?o recorri? todo su cuerpo que hasta le cort? la respiraci?n y sobre sus piernas flaqueantes, terriblemente asustado, logr? volverse, quedando estupefacto ante la contemplaci?n del hecho m?s ins?lito que hab?a presenciado jam?s.

Una paloma blanca como de n?car se hab?a colado por cualquier claraboya que se quedar?a abierta y revoloteaba graciosamente, jugando con las primeras luces del alba que traspasaban las vidrieras del templo, hasta posarse en el altar y de pronto, sobre ?ste, dentro del primer haz de luz que regalaba el sol de ?se d?a, bajando desde la c?pula central de la ermita, apareci? majestuosa e inm?vil la radiante imagen de la Virgen del Roc?o.
La multitud que esperaba inmutable para velar la ausencia de la Virgen cay? hincada de rodillas ante al milagroso acontecimiento, mientras un espont?neo y leve susurro fue alzando la voz hasta convertirse en una salve gloriosa y un?nime que corearon todas las criaturas de las marismas. La inmensa comitiva pasaba ensimismada por delante del altar con la mirada fija Ella y ya fuera de la ermita, cuando lograban sobreponerse a la emoci?n y recuperaban el aliento, todos celebraban alborozados haber sido ser testigo de tan magn?fica reaparici?n y comentaban asombrados que ahora la imagen resplandec?a como nunca; su sonrisa y la mirada parec?an especiales, pero sobre todas las cosas, destacaban con admiraci?n, aquellos pinceles que sosten?a el Ni?o entre sus manos y el hermoso lirio blanco, fresco y radiante, como reci?n cogido de las marismas que luc?a la Virgen prendido en su corpi?o, junto al coraz?n.


Tags: Relatos Cortos

Publicado por elderbi1954 @ 0:34
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Lunes, 19 de noviembre de 2007

La rebeli?n de los infortunios
tiene los pasos muy cortos
y no podr?n derribar
los muros del amor
con sus escarnios.

Cuando nos miramos en silencio
para vernos por dentro
se levantan inmensas
e infranqueables las defensas
de nuestro destino.

El amor es ciego
para no ver los obst?culos
y tiene alas
para poder salvarlos.

Cuando anudamos el nuestro,
tambi?n lo hicieron las fuerzas
para engrandecer las murallas
y no dudes, amor,
que a?n no ha nacido
el vil canalla
que suponga un serio peligro.

Convinimos desnudar nuestros cuerpos
para no disponer de escondites
donde camuflar las penas
y ahora no podemos consentir
que nuestros cueros
se plieguen como en retirada
porque la plaza es nuestra.

El amor es una ocupaci?n
como otra cualquiera
y valga, s?lo como muestra,
aquel entrometido bot?n
que de alguna manera
se infiltr? en nuestra conversaci?n
amenazante y provocador
buscando un pliegue descuidado,
pues nadie conseguir? vencer
con tan poco ni con demasiado
la bravura de nuestro batall?n

Como nuestro amor es una locura
y el quererse no es elecci?n,
que disponemos de dos almas
con un solo pensamiento,
dos corazones que laten al comp?s
como si uno solo fuese,
grande ser? la raz?n
para sobreponerse a la adversidad
y vencer con facilidad
los trallazos del pasado
por mucho que nos quiera atacar.

Hay m?s amor en nuestras dudas
que en nuestra tibia afirmaci?n
y es m?s fuerte nuestro coraz?n
que todas ?sas historias menudas.

As? pues, vivamos la gloria
de mirarnos entre los besos
o al menos, morir en el abrazo
porque, ni tan siquiera, la memoria
tiene l?cito el derecho
de borrar con un plumazo
los sue?os de nuestra historia.

Si nos prenden la morada
m?rame a los ojos como yo te miro
y no al humo elev?ndose a la nada
porque s?lo son vapores de suspiros
que se desprenden de nuestra almohada.

Lo nuestro es un gran amor
que vive a la sombra de un gran sue?o,
maravilloso, tierno y fuerte,
pero como ni t? ni yo, somos due?os
ni de nosotros ni de nuestra suerte.
estamos obligados a no permitir
que se interponga entre los dos
el pasado irreparable con su muerte.


Tags: Poesia y Literatura

Publicado por elderbi1954 @ 23:59
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Viernes, 02 de noviembre de 2007


Me pides que no te ame
tan apasionadamente,
pero has olvidado
decirme como hacerlo.

No s? como, ni porqu?
soy cautivo de tu amor,
tampoco quise quererlo,
ni siquiera s? cuando.

No me pidas imposibles
que tampoco deseas
pues en mi coraz?n no mando
y el tuyo, aunque no creas
tambi?n lo tienes atado
al m?o y est?n esperando,
impacientes ser liberados
de nuestros miedos,
de la distancia entre los besos,
de nuestras manos separadas
sin nuestras voces ni miradas,
de ?ste silencio inmenso
que hay entre carta y carta.

Me pides que no te ame tanto,
pero no s? como hacerlo.


Tags: Poesia y Literatura

Publicado por elderbi1954 @ 18:36
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