A mi padre,
que se fué solo
a las marismas del cielo
y no me lo dijo antes.
Cuando la melancolía embargaba el espíritu de Sebastián, automáticamente le brotaba desde sus adentros la determinante e inefable llamada de la naturaleza, como único remedio eficaz que paliaba de alguna manera el tremendo desgarro moral que sentía.
Entonces, casi como un autómata, encaminaba sus pasos trémulos y cansinos hasta encontrarse con la sosegada profundidad del horizonte. Sólo allí conseguía salvar la distancia que separaba el mundo real del onírico que se había construido a la medida, sustentado sobre los pilares del más puro romanticismo, recalcado de bohemia y grandemente estigmatizado por los hados de la pintura, aunque también solía versar en otras disciplinas artísticas.
Era un rebelde pertinaz, intransigente con cualquier agravio por muy banal que éste fuese, gran adalid del honor y la nobleza. Pero sobre todo, Sebastián era un artista sin consuelo, un poeta que pintaba los sueños con los colores del alma, esculpía las miradas sobre la materia inerte a golpes de pasión y con la palabra describía sentimientos inmensos que albergaba en su corazón.
Su mística también era muy peculiar, muy reverente con las cosas divinas, trascendental con las humanas pero solamente consentía someterse a las leyes que le dictaba su propia razón.
Sufría realmente y hasta el alma le dolía, cuando se confrontaban éstas dos verdades de su eterno dilema, porque era consciente de la existencia de ambas y ante tal vicisitud se veía obligado a decantarse indefectiblemente, tan sólo por una de ellas. Aún resultaba peor cuando la dialéctica no podía concluirla de forma determinante y, desesperado, debía abandonarse a la suerte del dispar destino.
No gustaba en absoluto dejar las cosas al azar, ni conjeturar y tampoco acertaba a comprender cómo, a veces, las cosas resultaban tan difíciles cuando en un principio todo parecía sencillo.
Hallaba gran consuelo cuando paseaba por los caminos que invariablemente le llevaban hasta los paisajes marismeños del Odiel -su río del alma-, una impávida corriente verdosa de humanidades, sabrosamente salado como el beso de una sirena, donde ponía en orden sus retruécanos y música a los versos de la memoria. Allí, sobre el escalón mínimo de las aguas ancestrales, recibía embelesado las caricias del sol de poniente como un chaparrón sabio de luces y contrastes. Se sentía realmente feliz contemplando tanta belleza.
Sentado sobre las vetustas maderas del muelle de minerales podía sentir cómo la magia de aquel lugar le calaba la piel y enjugaba sus lágrimas. Las sombras de las gaviotas que bailaban sobre las olas se le antojaban como notas magistrales de un pentagrama que compusiera D. Primitivo Lázaro para la sonata última de cada día. La brisa perpetua con su vaivén, disponía una escala de aromas sutiles y entrañables para gozar hasta el delirio con aquel paisaje que Dios le regalaba.
Estando ya su espíritu sereno, podía buscar la fuente de donde nace todo y eliminar cualquier vestigio de maldad o egoísmo que mancillase la razón.
Él sabía que si se preocupaba demasiado por descubrir lo que de bueno o malo tenía el prójimo, se alejaba de su propia esencia; además éstas divagaciones le dejaban exhausto por la energía derrochada en juzgar a los demás. Consideraba la vida como una manifestación de amor y en ésas diatribas que mantenía consigo mismo, se erigió como un implacable guerrero concentrado en promover la paz del espíritu y no el combate.
Sebastián estaba recibiendo de la vida una respuesta generosa.
No le iban del todo mal los asuntos sociales y financieros, ni los artísticos donde gozaba de cierto prestigio y reputación, siendo por ello que recibía bastantes encargos, dotándole de un amplio margen de solvencia. Su experiencia en otros tantos aspectos de la vida le había servido para situarse entre lo más granado de la sociedad donde, a regañadientes, se desenvolvía bastante bien y con grandes dosis de astucia sacaba muy buen provecho de la relación, como contrapartida a tamaño esfuerzo que le costaba.
Aún siendo un poco crápula y farandulero, frecuente quebrantador de normas sociales disfrutaba del respeto y la admiración de muchos, gracias a su locuacidad y simpatía. Su espíritu de bohemio se conculcaba con el comportamiento aburguesado de su existencia y ello le pesaba como una montaña. Aunque se rebelaba continuamente, siempre acababa sucumbiendo a las mieles del bienestar. En definitiva y a pesar de negarlo impunemente, ello era su verdadera obsesión puesto que jamás logró sobreponerse al nefasto recuerdo de las penurias soportadas en su niñez de postguerra y siempre aplicaba, como principio fundamental para sortear las precariedades, algunas premisas y consejos de su padre, a quien veneraba con admiración, para mayor orgullo de ambos.
En realidad, a Sebastián le cautivaba la sabiduría mundana de los viejos con quienes departía frecuentemente. Se quedaba embobado con sus relatos, empapándose de la historia real o inventada por cada cuál, escrita sobre las frágiles líneas de la memoria y de sus heroicas cabalgadas por los surcos de la reseca piel.
Había paladeado las delicias de la fama y sabía de su efímera gloria. Siempre estuvo obsesionado por dejar huella en éste mundo y de alguna manera lo había conseguido. A su vida y obra le hicieron eco los medios de comunicación, a menudo los pliegos de la historia cotidiana recogían sus avatares y aún así, sin motivo alguno para quejarse por infeliz, ése inconformismo ancestral que llevaba grabado en los genes no le concedía tregua alguna y su doliente mordedura le marcaba implacable la cadencia de los sentimientos.
A pesar de las multitudes, se sentía sólo y necesitaba, imperiosamente, alguien a quien amar, una mujer que mereciera su total confianza, un corazón gemelo donde esconder los miedos y que la vida entera tuviese sentido.
Su almohada sabía bastante de la lucha que libraba interiormente, con desigual resultado, para poder sobrevivir a la contienda. Sebastián tenía muy claro que todo en la vida es cuestión de la actitud que tenemos ante las cosas y no de las propias cosas en sí mismas.
Siempre se tiene la posibilidad de descubrir el origen de un problema o escoger en aumentarlo de tal manera que se termina sin saber donde comenzó, cuál era su dimensión, cómo puede afectarnos en la existencia y cómo es capaz de alejarnos de las personas que antes se amaba.
Se sentía como el Ulises en su odisea; superando desafíos para regresar al hogar junto a su esposa, la bella Penélope, quien siendo cortejada día y noche por hombres que afirmaban haberle visto morir en combate durante la guerra de Troya, los despechaba contundentemente, aferrándose a la esperanza de verle llegar por los puertos de Ìtaca; mientras el héroe, enardecido por el inmenso amor que le profesaba, logra vencer todas las peripecias que le suceden hasta rendirse únicamente, maltrecho y feliz, en el regazo enamorado de su fiel y leal compañera.
Deseaba con vehemencia encontrar su particular Penélope. Necesitaba amarla inmensamente para continuar existiendo. No le bastaba un amor cotidiano, ni de costumbre, ni un amor cualquiera. Su amor ya no le cabía en el corazón, tenía que amarla como un loco hasta embotarse los sentidos con su presencia, embriagarse todas las horas con su lor.
Necesitaba amarla como un padre, un amante y un dios; amándola toda con todo. Ya no se podría amar a una persona más que como Sebastián lo haría.
-¡Dios!... ¿cuándo vendrá ella?- se preguntaba-¿Cuántas horas malditas, esperando casi sin vida los besos de mi amada? ¿Dónde estás, mujer, que me estoy muriendo de tu ausencia?- y alzando las manos al cielo, cerradas como un féretro que no quiere dejar escapar su muerto, rastreaba con la mirada por entre las nubes, como queriendo hallarla. Luego se dejaba nublar los ojos por un caudal de lágrimas amargas, hasta que se le caían los brazos inertes, casi descolgados de los hombros cansados y volvía sobre sus pasos buscando la respuesta siempre callada.
No solamente la pasión le perturbaba, estaban aconteciendo muchas cosas en éste mundo que acrecentaban su dolor, sumado al de aquellos que sufrían persecución, los despreciados por su raza, religión o ideales; el dolor por la hambruna que machacaba a tanta gente, sus pústulas y el hedor que le llegaba desde el hueco vacío y dolorido de sus miradas en los retratos.
-Tanta humanidad sirviendo de carnaza para los peces, gente que han triturado con sus pisadas tantas montañas hasta convertirlas en desierto y después se han bebido el océano de un solo golpe hasta reventarse por dentro como las brevas.
Tantos palos flotando por los mares que separan a los mundos clasificados por los hombres y su rencor, tanto rencor flotando por los aires, asfixiándonos y acabando con el mundo. Cuantos palos en el mar y en las espaldas, cuantos palos de soberbia y poder clavándose en nuestras entrañas como a vampiros de leyenda.
¿Qué razones o argumentos justifican a quienes revientan un avión contra la muchedumbre inocente? ¿Cómo puede alguien atreverse a robarnos la muerte? ¿Porqué algunos pretenden silenciar el grito unánime y desgarrado de los desterrados? ¿Porqué se mancilla impunemente la fe de los pueblos? ¿Porqué está, la libertad cautiva de nuestra cobardía? ¿Hasta donde vamos a llegar? ¿No sienten vergüenza quienes haciendo ostentación de riquezas lanzan prédicas y soluciones para socorrer los males que nos acechan? ¡...cuánto lujo y cuanto engaño nos luce en el alma, prendidos como jirones trágicos de una comedia!-.
Sebastián se sentía como cada una de ésas víctimas, prófugo de todas las dictaduras, víctima de la plaga desenfrenada que seca la carne, de la pedrada cruel que rompe los huesos inocentes de una mujer mil veces ultrajada. Se sabía un esclavo de la economía de mercado y de la globalización rapiñosa que hace al rico más rico y al pobre más pobre.
Tanta rabia contenida lo sumía en un profundo desconsuelo. Ya ni racionalizaba sus opiniones al respecto y agraviado como cualquier hijo al que le han maltratado la madre, llegó a pensar que había sido una facción terrorista de musulmanes los que saquearon la ermita moguereña de Montemayor y robaron los prendas de la Virgen. La denominada guerra santa estaba a las puertas de casa.
-Más destrozo le hicieron que robar unas humildes alhajas y aunque sufran tantas penurias y calamidades no tienen derecho a violar lo sagrado. Maldita sea la mano criminal que golpea la fe de unos hombres en nombre de su propia fe.-
Poco tiempo después se felicitaba de que los hechos señalasen a unos vulgares rateros desalmados como autores del sacrílego robo, se logró restituir en su totalidad los enseres sagrados y para descarga de su conciencia aunque para ello hubiera tenido que tragarse el repugnante sapo de los infundios.
-¿Serán desdichados éstos moros?...tener que soportar todos los agravios habidos y por haber, encima de las penurias que están sufriendo. Menos mal que no han sido ellos, o no sé que hubiera ocurrido con todos lo que se refugian por aquí- así pensaba, convencido de que corrían malos tiempos para la humanidad y eso se manifestaba en la actitud de la gente: deambulando por la vida casi sin norte, acechantes, mirando su espalda y sin ver el rostro que refleja cada mañana el otro lado de su espejo.
En éste punto, recordó Sebastián que hacía bastante tiempo que no iba por la aldea del Rocío y presentar sus respetos a la Señora de la Rocina, a quien profesaba una gran devoción.
Tenía necesidad de reencontrarse con la Virgen Maria en basílica almonteña pues bajo ésta advocación de la Virgen percibía espiritual consuelo y singular esperanza, le significaba la máxima expresión posible del amor, redentora de los mortales, paz de los perseguidos, amparo, puerto y refugio de los pecadores, fortaleza de fé.
Ante la Blanca Paloma se rendían todas sus furias y bajo su mirada, se sometía humildemente al examen de conciencia más sublime de su vida. Allí, en el santuario, podía encontrar, casi sin esfuerzo, la huidiza respuesta a sus dudas más encastradas.
El silencio de aquel recinto sagrado transportaba su alma peregrina hacia el inmenso coto de los cielos, donde solamente los rocieros, ocupan la parte de las marismas que es donde se huele a juncia, hierbabuena y romero, como privilegiado incienso litúrgico.
El armonioso tañido de las campanas del templo conmovía a las golondrinas y las cigüeñas, que presurosas alzaban el vuelo para bailar graciosamente aquellas melodías sobre el tapiz azulina del paisaje.
Fue, peregrinando a pié, hasta el Rocío siguiendo el camino de Moguer, extasiándose con las maravillas que la naturaleza le ofrecía, tomándose toda la calma precisa para recorrerlo sin perder detalle alguno ni contaminar sus sentidos con ideas vanas. Cuando calzaba sus botas de caminante y se colgaba el petate procuraba limpiarse de angustias, liberarse de las cargas cotidianas que le turbaban. Echarse a los caminos significaba adentrarse en su otra realidad y como un anacoreta, podía eximirse de rendir cuentas a nadie de éste mundo porque las leyes que regían sus designios procedían de otro entendimiento más excelente.
Los eucaliptos, pinos y olivos simulaban altas nervaduras de góticas bóvedas; las amapolas y los lirios silvestres decoraban, inundando con sus renovados colores, el luminoso verdor que cubría la cañada desde El Gato.
El suave murmullo de los helechos meciéndose al compás de la brisa, servía de acompañamiento a las pisadas que, sobre la fina arena del camino, Sebastián iba marcando. Ni siquiera el espontáneo trino de los jilgueros enamorados, revoloteando en tropel, pudo romper la armonía del instante.
Eran muchos los momentos gozosos que le deparaba ésa ruta. La había recorrido, anteriormente, cientos de veces y cada vez que lo repetía, más prendido quedaba de ella.
Después de su visita a la ermita del Rocío, se dispuso bajo la sombra de un acebuche hasta que la tarde levantara sobre el horizonte marismeño su violáceo tisú y de nuevo se produjera el milagro de los sueños complacidos. Tendido sobre la hierba, Sebastián observó a una alondra que en el árbol anidaba y le musitó: -Cuando venga el alba, despiértame con tu silbo y aviva las brasas de mi candela con ramitas y leños viejos, para quitarme el frío, que yo te haré unos versos para que se los cantes a la Virgen y después los cuelgues en el cielo-.
Ya de regreso, trajo consigo la intención de pintar un cuadro que recogiera ésas impresiones del camino y queriendo cortar de su tallo un lirio blanco, recordó ésa vieja leyenda de los peregrinos rocieros que advierte del agravio por expolio que se inflige a la naturaleza privándola de su esplendor y si en alguna ocasión muy justificada o por ignorancia se le arrancara la vida a un lirio silvestre, éste sería para entregarlo como ofrenda a la Reina de las Marismas.
Desistiendo pues de ello, prosiguió su camino, ya reconfortado por su mística aventura.
No podía ser de otra manera que, una vez llegase a Huelva, el sol se estuviera poniendo sobre las aguas de la ría onubense. Sin poderlo remediar encaminó sus pasos hasta el Muelle de Riotinto donde, como tantas veces, había henchido su espíritu contemplando el fulgor de la naturaleza en los atardeceres.
Advirtió entonces que una diminuta patera arribaba en la orilla de Bacuta, marcando tras de sí una sutil estela de espuma salada que bordaban los remos en su encuentro con las aguas. Una difuminada figura de mujer se incorporó sobre ella batiéndole su vestido la brisa del sur, que le pareció entonces la vela animada de un gracioso bajel. Observó, interesado, cómo echó pié a tierra; con la destreza de los viejos boteros que cruzaban el río a golpe de remo, transportando a sus gentes entre orillas y trayendo la sal de la isla que suponía el sustento para muchas familias.
Frunció el entrecejo y aguzando la vista quiso convencerse de que se trataba de una mujer. El revuelo de su vestido y la densa melena que mecía el aire, despejaron sus dudas.
Después de anclar la patera, la muchacha se dirigió hacia poniente, caminando despacio, con los brazos abiertos, volteando su cabeza al infinito, bebiéndose, insolente, los últimos rayos de sol que iluminaba la tarde y cuando hubo acabado, sobre un repecho de conchenas se giró levemente hacia atrás, dedicando una última mirada a su sombra.
- ¿Me ha mirado?. He sentido su mirada en la mía a pesar de la distancia... ¡bah! No puede ser …no es posible. Apenas se distinguen los rostros desde tan lejos. ¡Las ganas me hacen delirar!. Más me vale volver a la casa y que descansen mis huesos de tanto caminar. Mañana será otro día - se dijo Sebastián volviendo sobre sus pasos, a la par que repasaba las venturas recibidas y deshaciendo el vértigo de las emociones, se dispuso, como perro que ha perdido su hocico, a roer el hueso que nunca pudo, revolviendo los callejones miserables de la ciudad, buscando la mano amable que alimentase la vida de tan patético esqueleto, procurando retomar las actitudes más adecuadas que le permitiera afrontar con meridiana dignidad ésa ineludible y grave carátula de su existencia.
Ocurrió una plácida noche de primavera que las musas revoloteaban a su albedrío buscando un espíritu incontestable donde prender el hálito maravilloso del amor y la belleza, cuando los sueños de Sebastián comenzaron a proyectarse, rotundos, sobre la magnitud baldía del lienzo que aguardaba inmutable, anclado en su caballete, el momento sublime del primer trazo para desterrar definitivamente la ausencia artística.
Sobre la irregular blancura de la tela se posaron nueve musas venerables que dominadas por la pícara dulzura pusieron a remojar las barbas pintorescas del egoísmo y cabalgando en auxilio del arte sin montura fueron desplegándose los trazos innominados del color. Cuando el azul de Prusia abrió su ventana a la luz, se tiñeron de magia los cuatro vértices de la inspiración cerrando el espacio con sus manos para evitar la fuga vergonzante de las almas del cuadro.
Talía, la del cabello de seda, inyectó un acopio de recetas magistrales para fundir las tierras. Erato, tendió sobre el blanquecino lecho vertical un cálido desnudo imposible, escapado del control de la neblina. Mientras tanto, Clío con su singular candor, Tersícore la amante perdurable y Urania la del consuelo perfecto, ablandaban los planetas de la almohada, contubernio de flores y grietas, bañando de armonía el paisaje. Calíope, hermosa fragancia de la juventud, acicalaba la paleta de Sebastián con resinas de la India, óleos griegos y cenizas de Pribilof. Hasta el trance bailaron las siluetas del encanto, bajo los acordes indescriptibles que emitía la lira de Euterpes y las rimas sublimes de Melpómene, la de los dulces labios. Polymnia subyugaba los intrusos de la materia blandiendo su sabiduría hasta secar las venas de los enemigos y dejarles el mullido cerebro sembrado de rabos y cuernos.
Entonces, el artista tomó los pinceles y sobre una púdica encinta de ojeras comenzó a desvelar, predilecto y fogoso su teorema de lápiz vehemente dando vida a un hermoso lirio blanco sobre terciopelo malva y verde. Con los pies alquilados de aceras se dispuso a destruir el mito silencioso de mentes cenicientas de calaveras. La cama insatisfecha de mil encantos, abrió la maleta vigorosa del color, profeta prematuro de la obra y en las bisagras nocturnas de espantos comenzó a burlarse con los goces del amor para desnudar al buitre del instante.
La mañana le sorprendió en pleno fragor de su batalla con el arte pero hasta bien pasado mediodía no se tomó un respiro. No podía apartarse de la obra, casi siempre le ocurría lo mismo. El influjo de la inspiración le atenazaba imperturbable al metro cuadrado del conjunto. Cuando percibió claramente los elementos que conformaban la idea, pudo relajarse un poco, comer algo y someterse al interrogatorio de la contemplación, lo cuál significó una reclusión voluntaria de varios días. Lo importante ya estaba echo, ahora faltaban los retoques técnicos que dotarían al cuadro de la suficiente calidad para poder venderlo a buen precio. Las obras de arte no sólo alimentaban su espíritu sino también le llenaba la barriga.
Estaba satisfecho por cómo marchaba su creación y decidió caminar hasta la ría para relajarse un poco, aunque lo que realmente deseaba era desvelar el misterio de la muchacha de Bacuta. No se le iba del pensamiento.
Así caminando, notó cierto alboroto en la gente que formando corillos, debatían con demasiado frenesí sus cuestiones. Unos marchaban adornándose con grandes aspavientos, otros quedaban vociferando, algunos maldecían tremendamente y a casi todos se les marcaba el trazo rudo de la indignación en el rostro sofocado. Quien no resoplaba compungido, mascullaba sus blasfemias de la forma más escandalosa y soez que podía. Las serias amenazas que otros proferían, espantaban hasta los fantasmas.
Cada vez estaba más convencido de la denigrante locura que se había establecido entre los hombres y de que acabarían devorándose entre sí. No le apetecía nada, en absoluto, entrar en divagaciones sobre tanta mezquindad. Se sobrepuso y cambiando los esquemas, con aire falaz, aceleró sus pasos hasta que la brisa marismeña espabiló sus sentidos y le ofreció de nuevo el paisaje entrañable que nutría sus sentimientos más nobles.
Casi de ahogo muere, cuando vio acercarse por el río una barquilla que venía desde el horizonte y en ella, resplandeciente como el mismísimo sol, una figura de mujer que aleteaba graciosamente sus brazos al compás de los remos y que de vez en cuando volteaba para atrás su cabellera como haciéndole señales confabuladas para un mágico encuentro.
Quedó hierático, observando como arribaba la patera, navegando lentamente, casi al pairo; cautivo de sus furtivas miradas y la belleza de su rostro.
Refulgía su piel con un discreto brillo monocromo, salvo en las mejillas que adquiría un sonrojo natural como de rosa temprana, siempre fresca y candorosa. Parecía de seda tunecina, suave, frágil, casi transparente; como queriendo dejarse ver el interior. Su rostro era un óvalo perfecto y en él, la sonrisa, perenne y leve, dibujaba la línea exacta e infranqueable del amor más profundo e intenso, el límite concreto entre el suspiro y el beso, la cuna fragante donde reside la ternura. Los ojos se vislumbraban misteriosos tras las finísimas hebras de sus pestañas y se encendían como los faroles del Conquero, cuando miraban a la cara.
Enmarcando tanta dignidad, se formaban sobre la hermosura de los ojos obscuros, talismán de los poetas, dos arcos bipétalos, sutiles como una caricia maternal. Sobre su límpida frente, sin pliegue alguno, se arremolinaban ciertos bucles de su melena que pendían airosos y juguetones como los querubines que guardan las puertas del cielo: eran de color moreno, casi negro y acaracolado; era como una mata de poleo en noche de luna llena, denso y perfumado de esencias marismeñas. Sus ondas le caían en cascada por los hombros, brincando una y otra vez. Ese juego de luces y vaivenes que desprendía el movimiento de los cabellos le dejó absorto y no pudo eludir, en modo alguno, quedar prendido de tanta belleza.
Había encontrado definitivamente a su amada. Estaba tan seguro que hasta su rostro le resultaba familiar. La reconoció de inmediato porque moraba en su corazón desde siempre y ahora estaba allí, delante de él, tangible y hermosa. La materialización de sus anhelos posibilitaba la fusión de ésas dos realidades que confrontaban su existencia y traería, por fin, sosiego a su espíritu. Sintió por primera vez en su vida el estremecimiento sutil de la felicidad, la caricia perfecta del amor cercano.
Ella le miraba complaciente mientras desembarcaba, tendiendo los brazos en reclamación de los suyos; como si con aquellas miradas ya se hubieran dicho todo y nada pudiera interponerse entre los amantes, por tanto tiempo ignorados. Tomó sus frágiles manos entre las suyas y así quedaron, frente a frente con el aliento contenido, forjando en las llamas del amor inmenso un solo ser que hilvanaba entre las nubes un gran poema sin rima que amarían hasta los locos.
-Pon amor, tus labios sobre los míos y déjate morir en mi beso. Tus dedos de cristal y sueño, enrédalos en mi pelo. Sentémonos amor, que a veces, sin pararse se tropiezan los besos en una loca carrera y al final, sin notarse siquiera, se nos pasa el tiempo sin mirarnos el alma. Pon, amor, tu beso en mi beso. Pon, amor, tu sonrisa sobre mis labios y que el horizonte nos abrigue la tibia madrugada-.
Ella, recibía el estremecimiento de Sebastián dentro del suyo propio. Se dejaba amar, amándolo en silencio y vertiendo el vaso de sus lágrimas sobre la piel emocionada del artista, vagabundo de su sombra y de su suerte; enhebrando cántaros de fulgor unánime, susurrándole lentamente entre reflejos a la deriva.
Solos se quedaron entre el cielo y las ropas, tan solos que únicamente se oía el susurro de las olas. Era tan profundo el silencio que ni las gaviotas se atrevían a romperlo; un silencio de miles de versos cantados con las miradas; un canto de amor en silencio más elocuente que las palabras.
Cuando los juncos de las marismas avisaron que el sol llegaba de nuevo a su horizonte, ella tomó dulcemente la cabeza de Sebastián entre sus manos y le dijo, emocionada que, en ése instante, debía regresar a la otra orilla, sobresaltando su ánimo hasta el punto del espasmo; pero ella, dejando resbalar suave y cariñosamente los dedos por el rostro impasible de su amante, le transmitió una señal de consuelo y esperanza tan vehemente que avivó la corriente sanguínea del impávido enamorado.
Así, la vió alejarse nuevamente hasta desaparecer tras las dunas, sólo que en esta ocasión, cuando ella le dedicó su última mirada, si que tenia motivo para responder a la despedida.
Alborozado, retornó a su casa advirtiendo que la pintura inacabada se le ofrecía seductoramente para concretar la fascinante creación; entonces rubricó con sagacidad que sobre los pétalos de su lirio blanco debía pintar el bellísimo rostro de la enigmática mujer que había logrado colmar sus ansias.
No conocía su nombre siquiera, ni sabía nada de ella.
Tampoco le importaba lo más mínimo, sólo estaba seguro de que ya formaba parte de sí mismo, que era el eslabón perdido de su existencia y nada ni nadie podría hacerle renunciar al amor, recientemente encontrado.
Con tanto afán retomó los pinceles que ésa noche transcurrió apaciblemente breve, inducido por una sublime inspiración natural que le retaba infatigable a transportar sobre el lienzo sus sentimientos. Estoicamente fue trazando con pulso firme las pautas magistrales para conseguir su alumbramiento y hasta bien pasado el mediodía no desistió de su empeño tras comprobar la autenticidad y congruencia de los resultados.
Como era habitual en él, gustaba de recomponer las ideas recreándose en la contemplación de la obra, sometiéndola a un severo examen de calidad, cosa que haría después de caminar un poco hasta desentumecer los huesos.
Los grandes titulares periodísticos destacaban una noticia terrible que le paralizó el corazón y la conciencia dejándole totalmente estupefacto. Tuvo que apoyarse en el dintel de una puerta anónima para lograr no caer de bruces como un pelele. La imagen venerada de la Virgen del Rocío con su Niño en el regazo había desaparecido de su altar en el santuario y se investigaba sobre la hipótesis de un robo perpetrado por algún grupo radical que amenazaba continuamente nuestra fé y su patrimonio.
Tanto dolor y rabia provocaba éste ultraje que nadie, ni siquiera los más agnósticos, lograban contener la ira contra los grupos marginales que secundaban ésa revolución y las fuerzas del orden público resultaban insuficientes para controlar las masas enardecidas que clamaban venganza contra los disidentes.
La barbarie sumió al artista en una profunda catalepsia, impotente para sobreponerse ya que se había atentado contra uno de los pilares más firmes de su conciencia. El sollozo desconsolado apenas le permitía respirar y casi sin fuerzas volvió hasta su refugio donde, tremendamente afligido, se desataron incontenibles todos los grandes sentimientos que se desprendían de su vocación mística.
Decidió volver a las orillas imperturbables del río Odiel donde podría hallar la calma que necesitaba y recabar el consuelo de su amada dentro del regazo protector que le brindaría su espléndida presencia. No olvidó llevarse la pintura inconclusa que le había dedicado, justificándose porque una mayor depuración técnica no lograría superar la calidad lograda con tanta verdad y celo como había sido concebida; además, no le quedaban fuerzas suficientes para hacerlo pues los acontecimientos habían roto el embrujo y la simbiosis artística.
-Sebastián, soy tu Maria. Vengo contigo porque el desgarro de tus lamentos y la turbación de tu pena me han llegado desde el silencio, nuestro aliado más precioso, conmoviendo mi alma.
Quiero encender tu ánimo con mi consuelo, para que su calor mezcle nuestra sangre enamorada con las caricias, en ésta tarde de tu dolor y nos envuelva protectoramente hasta la puesta del sol. Entonces podrás venir conmigo hasta la mañana de todos los tiempos y residir en la morada de mi amor infinito-.
Ella le esperaba sobre el viejo embarcadero, resplandeciente como la luna llena en su noche más límpida y entregándose al abrazo del amado, ambos permanecieron juntos muchas horas diciéndose tantas cosas como estrellas tiene el firmamento. Cuando el sol inició de nuevo su poniente, ella le tomó de la mano y embarcaron con rumbo hacia el horizonte dorado de las marismas. Mientras Sebastián bogaba aturdido y fascinado, María le regalaba torbellinos de su mirada más sugestiva, sosteniendo contra su regazo el cuadro del lirio blanco bordado con su rostro, talismán perpetuo y testigo legítimo del amor insuperable que ambos compartían.
Muy lentamente se fueron adentrando en el infinito violáceo, hasta que las brumas del último sol dejaran paso a las veladuras de la noche y los juncos iniciaran de nuevo la danza de los brillos al compás de la brisa marinera.
Sebastián se marchaba para siempre junto a su amada. Ahora, ninguna razón más poderosa que ella le vinculaba a sus raíces de siempre. Se marchaba para siempre, dejando, absolutamente todo lo concerniente a su vida, en manos del tiempo y del olvido para que ellos escriban las páginas elegidas de su vida. Así se fue Sebastián.
La mañana siguiente trajo una luminosidad especial y hasta los pájaros parecían anunciar algo extraordinario. Una sensación de júbilo flotaba en el ambiente de la ciudad, que se desperezaba bajo un murmullo indefinido pero bastante perceptible. La noticia de otro nuevo e inexplicable suceso volvió a recorrer presurosa todas las avenidas, rincones y callejuelas:
Al amanecer de ése día, cuando el santero de la ermita del Rocío abrió sus puertas, como de costumbre hacía cuando Ella estaba en su camarín, percibió un instantáneo fulgor, como un destello de luz brillantísima que procedía desde su espalda y que incluso señaló su propia sombra sobre los baldosines del templo. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo que hasta le cortó la respiración y sobre sus piernas flaqueantes, terriblemente asustado, logró volverse, quedando estupefacto ante la contemplación del hecho más insólito que había presenciado jamás.
Una paloma blanca como de nácar se había colado por cualquier claraboya que se quedaría abierta y revoloteaba graciosamente, jugando con las primeras luces del alba que traspasaban las vidrieras del templo, hasta posarse en el altar y de pronto, sobre éste, dentro del primer haz de luz que regalaba el sol de ése día, bajando desde la cúpula central de la ermita, apareció majestuosa e inmóvil la radiante imagen de la Virgen del Rocío.
La multitud que esperaba inmutable para velar la ausencia de la Virgen cayó hincada de rodillas ante al milagroso acontecimiento, mientras un espontáneo y leve susurro fue alzando la voz hasta convertirse en una salve gloriosa y unánime que corearon todas las criaturas de las marismas. La inmensa comitiva pasaba ensimismada por delante del altar con la mirada fija Ella y ya fuera de la ermita, cuando lograban sobreponerse a la emoción y recuperaban el aliento, todos celebraban alborozados haber sido ser testigo de tan magnífica reaparición y comentaban asombrados que ahora la imagen resplandecía como nunca; su sonrisa y la mirada parecían especiales, pero sobre todas las cosas, destacaban con admiración, aquellos pinceles que sostenía el Niño entre sus manos y el hermoso lirio blanco, fresco y radiante, como recién cogido de las marismas que lucía la Virgen prendido en su corpiño, junto al corazón.