Ha dejado de soplar el viento
con tanta fuerza
que parecía una maldición.
También el cielo ha recogido
su oscuro manto de nubes
como angustiosas pesadillas.
Mientras duró la tormenta
nadie brincaba por las calles
anegadas y solitarias.
Las cristaleras empañadas
permitieron dibujar con el dedo
algunos corazones atravesados
con su flecha enamorada.
Las bombillas parpadearon
al paso de los ángeles custodios
por la estancia mortecina.
En las tabernas se recogieron
los compadres para rellenar
sus botellas medio vacías.
Quienes tenían el amor al lado
aprovecharon para sobarse
escondiendo las manos
o se sacudieron en el catre
alargando la coyunda un poco más.
No creo que a las iglesias
acudieran los parroquianos
implorando piedad,
ni que los alguaciles
salieran a distribuir
su particular inquisición.
Cada alcoba fue un refugio
para las almas asiduas
buscando a sus dueños.
Un espíritu sigiloso
fue borrando todas las huellas
olvidadas sobre las aceras.
Para nadie pasó desapercibido
el recreo de las musas
y su chaparrón de nostalgias.
Estas cosas pasan
cuando los dioses se distraen
y dejan de organizarnos la vida.
No podía dormir
y me levanté de la cama
decidido a tirar mis agobios
por la ventana.
Cuando la noche imponente
me dio de lleno en la cara,
flaquearon mis fuerzas todas
e impávido sentí
cómo la más grande
de las angustias inventadas
se colaba descaradamente
por mi corazón hasta las entrañas
sin que pudiera
hacer nada por evitarlo.
Me quedé clavado,
sorprendido por la vergüenza,
amordazado por la cobardía.
Ni suspirar, siquiera, me dejaron
las huestes compasivas
que también abandonaron
su morada que es la mia.
Desesperado, miré la luna
buscando, como siempre,
tu rostro reflejado
y se me reventaron los ojos
porque no te veía.
No sé si podré resistir
los envites del olvido,
ni que por decir adiós
se me haya secado la lengua,
ni me salga la voz,
ni ya endulcen mis labios.
No podré olvidar jamás
tu paso por mi vida,
ni encontrar la paz
que contigo se ha ido,
ni ése quiebro al destino
que ambos le hicimos
para inventarnos el nuestro.
No sabes cuanto me duele
haberme bajado del tren
a mitad del camino,
muerto de miedo y sin fe,
de espaldas como un cretino,
inseguro, sin motivos,
triste, torpe y malherido.
No sabes cuanto me arrepiento
de haber soltado tu mano,
de haber abandonado el viaje
hacia nuestros sueños,
de culpar a la distancia y al tiempo
mientras me rendía sin esfuerzo.
Ahora me acuesto bocabajo
por si me muero entrevelas
escarbar mas profundo, si cabe
hasta hundirme en lo siniestro
y pagar allí la penitencia
que aquí no puedo.
Deseo que se te escape
ese pañuelo que agitas
mientras te alejas,
que el aire me lo traiga
para envolver tu recuerdo
y, si algún dia regresas,
enarbolarlo como bandera
sobre esta misma tierra
en la que estoy clavado.
Posiblemente lograré dormir
cuando vuelvas, si vuelves
y ojalá, para entonces,
no me haya muerto
y tenga que lamentarlo de nuevo.
Mientras tanto, aquí te espero
lamiéndome las heridas,
bien atado a mis raíces,
viendo cómo pasa la vida,
hostil destino cicatero
para tanta fortuna perdida.
(Acróstico)
Luces en tus ojos
Acechan la inhóspita vergüenza
Como animales sin conciencia
Rumiando los goces del amor.
Ante tu sombra, contemplas
Mi orgullo, silenciosa,
Ignorante y pretenciosa
Olvidándo en ella tu rubor.
Ámame como lo sientas
Ríete, simplemente,
A pesar de tan inmenso dolor.
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Este caminar azorado
por la empinada cuesta de la vida
se hace cada vez más pesado.
Casi ni puedo respirar,
según van pasando los días
sobre mis hombros cargando.
Por detrás voy sembrando
una retahíla de huellas frías
que mis pasos van dejando.
También se me van cayendo
algunos sueños medio secos
que ya no aguantan a mi lado.
Oigo como se instalan
en la vereda, mis pasos huecos.
Bebo del imposible amor
que llevo fresco en las alforjas
para aliviar mis tormentos.
Recito en versos mi dolor
y los escribo sobre las hojas
que me salen al encuentro.
Por más que lo intento
no consigo divisar el horizonte,
ni encontrar el mar
hacia donde van mis lágrimas.
Tampoco he visto
un solo letrero por el camino
indicando la encrucijada definitiva.
Pero por estos pasos huecos
que tanto me pesan,
tan cargado de silencios
y verdugos de mi conciencia,
sé que me vá sangrando la herida
resbalándose como un reguero,
dejándome a casa paso
mas cerca de estar muerto
de tan abierta como la tengo.
Así son las cosas al final de la vida.
Gotas de lágrimas dulces
chorrean por mis mejillas
cuando te miro entre las sábanas,
revuelta, libre y hermosa.
A veces me hacen cosquillas
y me escuece algunas otras,
pero nada tanto me conmueve
como la transparencia de tu piel
en brazos de la luminosa mañana,
cuando despabilas al nuevo día
y haces bailar tus dedos entre las manos
al compás de los bostezos por alegrías
que parecen tallos de rosas tempranas
adornando los jardines de mi alma.
Tu piel es como de hojitas tiernas
salpicada de lágrimas dulces
que se derraman de mis linternas,
es como el fresco beso del alba
que se cuela por la ventana
para despertarnos los sueños
y guardar la luna blanca.
La fortuna me ha regalado
la preciosa copa de tu labios
para beber en ellos el néctar
embriagador de mis lágrimas dulces
y la cornisa noble de tus pechos
para, desde allí, lanzarme al hueco
íntegro de mi perdido juicio
y poder secar las lágrimas amargas
huidas de mis ojos sin derecho.
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(A mi buen amigo Lolete "El Poeta")
Abrazado a la guitarra, sonámbula,
y desgranando versos instantáneos
fuimos saltándonos las horas
hasta la llegada del alba.
Íbamos recitando la vida
a golpe de emociones y palmas
con el corazón desnudo,
sin prisas que acuciaran el alma.
Caminábamos por el tiempo
sin el manual de supervivencia
que no nos dieron al nacer,
buscando cada uno su sombra
para sentarnos a descansar.
Así pasábamos por la historia
como perros sin dueño,
hasta la hora de hacer cuentas
y entonces caí en la memoria
que la noche me debe sueño
de cuando era libre y sin gloria.
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* * *
Lo mejor que podemos hacer
es enterrar las diferencias
y, más allá de los abismos del dolor,
permanecer unidos
en aras de poner fin
a los temores y la desesperación
que tanto nos angustia;
igual que los cisnes negros
bailan en su lago,
apacibles valses, sin tormentas,
hasta que se nos agote el tiempo.
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Se acabó, me marcho,
tomo mis trastos y cierro para siempre.
Cierro por ausencia total,
porque no queda nada
sobre los anaqueles,
ni siquiera algún rastro
de la memoria ni las miradas.
No dejo absolutamente nada,
salvo el polvo acumulado
sobre mi existencia.
Voy a tomar por última vez
el vetusto tren de ida
y borraré para siempre
todo vestigio de mis pasos.
Cierro por vacío absoluto,
por indolencia y a perpetuidad.
Cierro porque mis manos
ya no sujetan altares
ni anhelos, esperanzas o sueños,
que ni de ellos me queda algo.
Quiero clavar mi cabeza
en la yerma tierra de éste desierto
y arañarla en profundidad
hasta llegar al centro del infinito.
Me voy desesperado, por ausencia
de todos los sentimientos,
de todas las cosas,
de los besos, el tiempo,
los misterios, la grandeza y el miedo.
Marcho más allá de la distancia,
me escapo por el único hueco
descubierto entre los versos,
por las últimas sombras del horizonte,
bajo la neblina espesa
que me sale al encuentro.
Cierro por ausencia total,
medio vivo y medio muerto,
más cerca del abismo
que del centro.
Quiero salir sobre las siempre y media
que es cuando llega el silencio
y nadie queda sobre el apeadero.
Cierro porque no resisto
las pláticas de mi conciencia,
ni las alcobas vacías
con sus noches y los fantasmas,
no soporto el temblor de mis huesos
ni la carne derretida por el llanto,
ni la interminable y aciaga espera
musitando amor como un loco.
Me ha vencido el desaliento
y me duelen todas las palabras
que se me clavan por dentro.
Ya no tengo género para mercadear
y es tanto lo que dejo a deber
que prefiero cerrar por ausencia total,
darle un esquinazo al destino,
marcharme lejos y no volver.
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